“Un canto para su boca...
dale guitarra
que la provoca”
E. Antonio Torres Glez.
Brevísima introducción que nos conecta con los arpegios de su guitarra interior,
latentes en el concierto de su poesía, estos versos de Antonio Torres.
Con ellos quiero presentarles una selección de sus textos, todos ellos muy representativos
de la exquisita sensibilidad del autor, de la armonía y el balance presentes en toda su obra.
Antonio, amante del amor, alma traslúcida en todos los aspectos de su proceder,
ejemplifica el eterno caballero, el perfecto hacedor y el hombre de sueños que
no teme nunca el fin de lo amado, de lo amable, de lo inconmensurable del amor
que reparte en todo lo que toca. Por eso, nadie como él puede presentarnos
el mejor elogio de su obra: sus poemas, que hablan en sí mismos, que cantan,
música viva al compás del grandioso corazón del bardo, todo lo que un lector exigente
puede y debe esperar.
Quiero cantar de gusto
aunque la luna me mire triste
y vengan las cigarras con sus violines
de viento negro, desde que fuiste
sólo una lágrima en el papel
La laboriosidad poética de Antonio no conoce límite, en su estilo tan particular
se entrelazan estados del espíritu que emanan desde sus dominios de la esencia del amor.
La madurez y la belleza de su lírica, no dejan lugar a dudas de una mirada siempre en busca
de la perfección, de la nitidez en el escenario que recrean sus versos, y que poseen ese
particular embrujo que nos hace quedarnos dulcemente atados a su voz.
Es tiempo de morir en los ocasos
como gotas prendadas de una rosa
en el gemir nocturno de los barcos
y luego nos dice:
Guitarra que de noche me consumes
en un lánguido canto de recuerdos.
Su afectividad y sus anhelos explayan ese estado que le confiere su espíritu nostálgico
y que lo asiste a la hora de crear. La nostalgia y el anhelo polarizan su discurso pleno de
sentir, de dulce añoranza, de inquietud que rebasa la naturaleza misma de su entorno y
desemboca en aspectos muy íntimos de su universo creado a base de palabras.
en el dintel sin alma
de la puerta cerrada
recién pintada de padecer.
Canta su amor al propio amor y lo hace amando, involucrándose en la esencia misma
de cada vocablo, en los espacios que desentraña su especial manera de llegar al corazón,
de dar vuelo a la imaginación de quien le busca en la lectura.
Pásame la guitarra para tocarle
todo su ser
hasta quedar dormido
con el latido que le arranqué
en arpegios de luna
cuando desnuda la dibujé.
El otoño, siempre presente en su obra, es el espectro del amor irrealizable que le persigue,
y él se deja llevar por este tiempo de cadencias y colores para sublimar la imagen de aquellas
ilusiones que parecen marchitarse, no obstante, abren paso a la esperanza, a un nuevo ideal
que ronda en el aire envuelto en la tibia y esmerada caricia de su voz.
Te di mi corazón en el otoño
en el revuelo de hojas amarillas
El cuerpo de la mujer, sus senos, sus cabellos es un paisaje constante en la búsqueda poética
de este hombre que ama a la mujer como magnitud, en cada una y “todas” que es la misma.
Lenguaje dedicado a la mujer: emoción, pasión, reconocimiento pleno a toda mujer,
a la mujer, a su mujer, a quien lleva a todas partes como su bandera y su escudo en lo alto
de la grandeza conque vuelca, en ese ideal femenino, la nobleza y la dignidad de su propio ser,
y que además abarca el arte de la seducción hasta convertirlo en grafías, en color, en sabor,
en un nuevo idioma, tan preciado como la inefable magnitud de la inmortalidad.
cuando estoy en el viento de sus ayes
es de tal sencillez mi tipo de mujer
que no la puedo ver
pues si la miro
no puedo imaginar
sus senos de panal
su piel de trigo...
O cuando nos dice:
Cómo lavar mis culpas y presagios
cómo besar tus senos y tu boca
cómo... si tu pasión se oculta loca
en el dintel del sol sin mi sonrisa.
En el quehacer poético de Antonio encontramos hecha melodía y balanza,
las inquietudes, las emociones, las esperanzas y la entrega total del hombre
que camina con pasos de rapsoda buscando el extracto de su ser para brindárnoslo
en una copa de aciertos.
Toma esta rosa, la corté del cuadro
que cuelga de la noche,
pared de lluvia y madrugada,
Por último, y con pesar de no poder, en el breve espacio de un preámbulo,
resumir la obra de Antonio Torres, deseo destacar que leerle es participar de un gran
despliegue de matices, del surgidero de vocablos en que se expanden sus imágenes con
especial habilidad. De una gran fiesta poética que utiliza todos los recursos de su fértil
espiritualidad para devenir en insuperables metáforas plenas de sentimiento y dotadas
de vida propia.
Los dejo en la grata compañía de este libro, GUITARRA, MUJER Y CANTO,
y a su autor, el conducirles con la gentileza y la elegancia que lo acreditan,
por los acordes de su melodiosa voz.
Maria Eugenia Caseiro